be tinto!!
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Etiquetas: citas
Mi dios
No comprendo a mi dios
Mi dios es un patán
Es el niño tonto de la clase
Es aquél al que todos le robábamos el bocata.
Mi dios es el niño impertinente
Que siempre se chivaba
Mi dios es el adolescente
Que siempre se quejaba
Mi dios es un inepto
No ha montado nunca una bicicleta en verano
No ha probado las natillas de mi madre
No ha tirado petardos en la calle
Jamás ha besado a una musa en una discoteca
Ni ha dormido agarrado a unos brazos suaves
Ni sabe lo que son los tangas de hilo
Ni a lo que sabe la coca en su ombligo
Mi dios no conoce
Ni de labios húmedos,
Ni del deseo en la mirada
Ni de jodidos cabreos
Ni de pezones de nata
¿Como puedo creer en un dios que habla de todo
y que tan poco sabe de nada?
Publicado por Nadie con vida en 12:44 0 comentarios
Etiquetas: poesia
Los amorosos de Jaime Sabines
Los amorosos callan.
El amor es el silencio más fino,
el más tembloroso, el más insoportable.
Los amorosos buscan,
los amorosos son los que abandonan,
son los que cambian, los que olvidan.
Su corazón les dice que nunca han de encontrar,
no encuentran, buscan.
Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos.
Los amorosos son la hidra del cuento.
Tienen serpientes en lugar de brazos.
Las venas del cuello se les hinchan
también como serpientes para asfixiarlos.
Los amorosos no pueden dormir
porque si se duermen se los comen los gusanos.
En la obscuridad abren los ojos
y les cae en ellos el espanto.
Encuentran alacranes bajo la sábana
y su cama flota como sobre un lago.
Los amorosos son locos, sólo locos,
sin Dios y sin diablo.
Los amorosos salen de sus cuevas
temblorosos, hambrientos,
a cazar fantasmas.
Se ríen de las gentes que lo saben todo,
de las que aman a perpetuidad, verídicamente,
de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite.
Los amorosos juegan a coger el agua,
a tatuar el humo, a no irse.
Juegan el largo, el triste juego del amor.
Nadie ha de resignarse.
Dicen que nadie ha de resignarse.
Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.
Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,
la muerte les fermenta detrás de los ojos,
y ellos caminan, lloran hasta la madrugada
en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.
Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,
a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas,
a arroyos de agua tierna y a cocinas.
Los amorosos se ponen a cantar entre labios
una canción no aprendida.
Y se van llorando, llorando
la hermosa vida.
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